De Villa Mercedes a Chipre: un argentino en la primera línea de la paz

Integra una misión de Naciones Unidas, patrulla la zona de amortiguación y convive con fuerzas de todo el mundo, mientras la distancia con su familia se vuelve el mayor desafío.

A más de 11 mil kilómetros de casa, entre patrullas, idiomas cruzados y una zona que vive en equilibrio permanente, Martín Espinosa cumple una misión que soñó durante años: integrar una fuerza de paz de Naciones Unidas en la isla de Chipre.

Tiene 17 años de servicio en la Fuerza Aérea Argentina y hoy forma parte de la fuerza de tarea que custodia la zona de amortiguación (Buffer Zone) que separa a los dos bandos en conflicto histórico: el sector griego y el turco. No llegó por casualidad. Llegó después de estudiar, entrenar, rendir exámenes exigentes y, sobre todo, animarse a dejar lo más difícil: la familia.

La misión de paz en Chipre funciona desde 1964 bajo el mando de Naciones Unidas. Para él, era una meta clara desde hace años. “Siempre quise venir a una misión de paz, trabajar para la ONU. Esta era prácticamente la última oportunidad”, cuenta.

El camino no fue sencillo. Exámenes de inglés, evaluaciones físicas, calificaciones profesionales y más de 15 cursos obligatorios —Derecho Humanitario, Derechos Humanos, prevención de la violencia y explotación sexual— fueron parte del proceso. Luego llegó el entrenamiento conjunto con Infantería de Marina en Punta Alta y la etapa final en Campo de Mayo, donde se define quién despliega y quién queda como suplente. Aprobó todo. Y desplegó.

Argentina tiene a su cargo el Sector 1 de la Buffer Zone. Allí funcionan dos bases principales: Campo San Martín y Campo Roca. Él está destinado en San Martín.

Su rutina alterna semanas en la base y semanas en los puestos de observación (PB u OP), dentro de la zona desmilitarizada. “Ahí trabajamos de viernes a viernes. No salimos. La tarea es controlar que no haya incidentes que hagan escalar el conflicto”, explica.

Las tareas no se limitan al patrullaje: también asisten a la comunidad, colaboran en el control y apagado de incendios, y mantienen contacto constante con granjeros que trabajan dentro de la zona neutral. En verano, con temperaturas que superan los 45 grados, el riesgo es permanente.

En Chipre se hablan decenas de idiomas y conviven fuerzas de distintos países. “Trabajo con italianos, británicos, chinos, rusos, bosnios. El idioma común es el inglés”, dice. Para prepararse, transformó su vida cotidiana en un entrenamiento lingüístico: películas, música, celular y televisión, todo en inglés.

La convivencia intercultural exige atención constante. “Hay gestos que para un lado son normales y para el otro una falta de respeto. Nosotros no venimos a imponer nada, venimos a respetar las costumbres y las leyes locales”, aclara.

Si la misión tiene un punto débil, es la distancia. En Argentina lo esperan su familia, su hijo de cuatro años y su novia. “No quisieron saber nada cuando les dije que me iba. Fue lo más difícil”, reconoce.

Hablan todos los días. A veces con cinco horas de diferencia. A veces a contrarreloj. “El apoyo de mi familia fue clave. Los primeros meses costaron más, después uno se adapta”, cuenta.

Y hay rituales que ayudan a sentirse cerca: escuchar la radio de Villa Mercedes desde el celular, incluso durante las patrullas. “Eso me conecta con casa”, dice.

En medio de un despliegue internacional que reúne a soldados de decenas de países, la misión también le regaló una sorpresa impensada: reencontrarse con gente de su propia tierra. Durante una de las rotaciones en los puestos, coincidió con un colega también oriundo de Villa Mercedes, integrante de la Fuerza Aérea y asignado a otra sección de la misión.

“Estar tan lejos y cruzarte con alguien de tu ciudad es una locura. Te nota distinto el mate, las charlas, las referencias… por un rato estás en casa”, cuenta.
Como si eso fuera poco, uno de los jefes de equipo con los que trabaja es puntano y tiene familia en Villa Mercedes. Detalles mínimos que, en medio de una misión exigente y a miles de kilómetros, se vuelven anclas emocionales.

Si todo sigue según lo previsto, regresará en marzo, con la misión cumplida. No volverá en el próximo contingente, aunque la experiencia lo marcó. “Aprendí idiomas, costumbres, conocí colegas de todo el mundo. Es algo que te queda para toda la vida”.

La paz, en Chipre, no es una palabra abstracta. Es una tarea diaria, silenciosa y constante. Y ahí, en esa línea invisible que divide a dos pueblos, un soldado argentino cumple su rol con profesionalismo, respeto y un anhelo claro: volver a casa, abrazar a los suyos y sentarse otra vez frente a un asado bien argentino.